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fachada se distinguía, a duras penas, el perfil del campanario construido, como todo el edificio, alternando
las tan características listas de piedra clara y oscura.
En la base, las tres amplias bocas negras de los portales parecían inspirar las tinieblas, dando la
impresión de que la parte superior flotase, gris, en la oscuridad. Arriba, en el centro de la fachada, un
enorme y redondo ojo de cíclope parecía mirar fijamente a los viandantes con la claridad de sus radios de
mármol blanco. En la parte alta del ascenso, cerca de las torres de la Porta, estaba la entrada a la taberna,
iluminada con antorchas resinosas.
Los cuatro Legados, Dona Isa, las dos de Valladolid, Dona Evelyne, Dona Andrea con su Príncipe
moro, la circaslana y los tres amigos del joven Duque entraron entre grandes reverencias de los sirvientes.
Las señoras se detuvieron en la entrada tratando de arreglarse los peinados y los vestidos deslucidos por el
siroco.
La conocida Taberna de Puerta Soprana era muy frecuentada y, durante las noches en que no había
cena o bailes oficiales, muchos de los llegados desde Nápoles se daban cita en ella.
El amplio local, en la planta baja, estaba iluminado con velas y con los resplandores de los hornos y lo
asadores. La humanidad propia de un gran puerto marítimo presentaba aquí su exótico y variopinto
muestrario.
Españoles, africanos, árabes, germánicos e incluso orientales de ojos almendrados se reunían en el
mesón para comer y tratar de aventuras y negocios. Cliente de todo tipo ocupaban ya las mesas: capitanes
de mar Cómitres, oficiales de los arqueros, mercaderes, seño ras y mujercillas de toda especie y color,
todos ellos dedicados a comer, beber y jugar. El vocerío era fuerte y resultaba difícil hacerse entender.
En general, se jugaba a los dados o a las cartas pero detrás del mostrador del bar entre el bullicio, el
biribís atraía a muchos clientes a apostar sus dineros.
Aunque el biribís era un juego de azar prohibido castigado con graves penas, entre los jugadores
también había esbirros y arqueros que no parecían preocuparse por ello. Cuando la flecha, tras girar, se
detenía sobre una figura por la que alguien había apostado una suma fuerte, el alarido de los jugadores y
de los espectadores sacudía toda la taberna.
Sujetas con cadenas a las vigas negras del techo, había celosías de madera, donde se conservaban
jamones tocinos, salchichones y los más variados quesos, par defenderlos de los insaciables dientes de las
gallarda ratas del puerto.
En las paredes pintadas de colores, ya ahumados, se veían ingenuas sirenas de grandes tetas, que se
ofrecían a deseosos marineros, y dragones bonachones heridos por belicosos san Jorge mientras, atadas a
las rocas, complacientes vírgenes volvían sus ojazos al cielo, desnudas e implorantes.
También dibujados en los muros, junto a los edictos de la Señoría y las prohibiciones legales, había
anuncios advirtiendo «hoy no se fía, pero mañana sí», que se exhibían en todas las tiendas de la ciudad.
En una pared estaba expuesto un bando de los Protectores de la Redención de los Esclavos de la
Serenísima República de Génova, que fijaba los criterios para afrancar a los esclavos cristianos
pertenecientes a familias indigentes, que no podían permitirse pagar el rescate de sus seres queridos. A tal
fin se organizaban colectas por parte de hermandades, parroquias y guildas, pero los hombres y mujeres
cristianos reducidos a la esclavitud eran demasiados, y los medios disponibles nunca eran suficientes.
Todos los que viajaban por mar vivían con el terror de acabar esclavizados, y bastaba la simple visión del
bando para recordarles la horrenda perspectiva. Por eso los marinos que entraban en la taberna trataban de
no mirar hacia aquellos manuscritos o se volvían hacia otra parte apenas los veían.
Por entre las mesas, un fraile capuchino de barba larga daba vueltas y pedía un óbolo con un
manoseado cesto de juncos sobre el que se leía: «Para el rescate de los esclavos pobres» La gente de mar,
en este caso, era bastante generosa en sus ofrendas.
La calígine de los fuegos y las candelas velaba todo el local. En esa atmósfera densa de olores, humos y
alboroto, los sudados mozos llevaban hasta las mesas, con habilidad y manteniéndolas bien altas, grandes
fuentes y cuencos de loza cargados de comida caliente y humeante.
Sobre una tarima, un grupo de hombres sin bigotes y con el cráneo completamente rapado, salvo un
mechón de pelo en la coronilla, típico de los esclavo orientales, tocaban las nenias eróticas y nasales de su
tierras con extraños instrumentos. Al fondo, una hilera de toneles separaba la zona reservada a la gente
común de la de los nobles y oficiales, donde vigorosa muchachas estaban atareadas llevando platos de
estaño y manteniendo limpios los bancos, repasándolos con trapos húmedos. En una de estas mesas,
esperando a sus amigos, estaba sentado Lamba Fieschi con dos hermosas señoras genovesas, Obiettina y
Ranucc Fregoso.
El tabernero, muy obsequioso, fue enseguida al encuentro de la compañía y comenzó a ponderar las
especialidades del local: los preparados al horno, como las gachas de garbanzos, las hogazas, los rellenos;
sus famosos asados de cerdo y de vaca o las empanadas de verduras, de pescado y de ojos de cabrito, los
sabrosos rollitos de ternera y la famosa torta genovesa de acelgas con huevos y queso. Por último, los
quesos de Piamonte, ya fueran dulces o picantes, y los de oveja de Cerdeña. [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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